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Ratibor

Adalid

Ratibor

Escudero, combatiente curtido y cabeza de hecho de la mesnada

Edad
44 años
Origen
Hnidin, aldea de la orilla izquierda, cerca de Kiev
Posición
Mesnadero mayor de cuna humilde

En breve

Escudero curtido que sostiene la primera línea y recibe sobre sí la presión del enemigo. No siempre es quien acaba antes el combate, pero da al resto de la mesnada tiempo para ocupar las posiciones necesarias. Rinde más donde hay que resistir que donde hay que causar el mayor daño.

Con los ojos del adalid

Ratibor piensa en quienes seguirán en el camino cuando la mesnada se marche. Deshacer una banda no protegerá al próximo convoy si de nuevo no queda nadie para guardar el vado. Quiere devolver a esta tierra un orden en el que pagar por protección signifique de verdad estar protegido. Su parte del trabajo la conoce. La cuestión es quién más aceptará cargar con la suya.

Historia

Ratibor tiene algo que casi nunca usa. Un gran martillo de guerra lleva ya unos doce años colgado de su silla, y en todo ese tiempo lo habrá descolgado unas veinte veces. Las recuerda todas.

Porque tomar el martillo significa dejar el escudo, y dejar el escudo significa que contener al enemigo ya no basta.

La fragua de Hnidin era de su padre, y de ahí le vienen a Ratibor sus buenas manos. Herrero no llegó a ser: de joven era grande, fuerte y de genio vivo; tras una riña más se fue de casa, se unió a la milicia de la ciudad y de allí pasó a la mesnada del príncipe. No tenía parientes influyentes, así que todo lo que tiene se lo ha ganado sirviendo. Al principio cuidaba de los caballos y del equipo, remendaba cotas de malla, enderezaba escudos abollados, llevaba la cuenta de las provisiones. Los escudos de la milicia eran entonces sobre todo de Bilhorod: mal pintados, pero con los herrajes tan bien ajustados que, tras un golpe fuerte, lo que se rajaba era la madera y no la correa. Ratibor llegó a guerrero de filas más tarde que los de su edad.

Nunca fue el luchador más rápido ni el más fino. Lo apreciaban por otra cosa: Ratibor se mantenía en su sitio cuando a su lado ya empezaban a recular. Mantenía la formación. Cubría a los heridos. No perdía la cabeza cuando la batalla se convertía en una apretura donde nadie oye a nadie.

Poco a poco empezaron a ponerlo delante de los más jóvenes. Así la maza y el escudo pesado dejaron de ser solo su equipo y se convirtieron en su manera de combatir. Ratibor no busca un duelo lucido ni intenta ser el primero en asestar el golpe decisivo. Recibe la acometida sobre sí, mantiene su puesto y no deja que el enemigo llegue a la gente que tiene a la espalda.

Su armadura, en consecuencia, es la más pesada que puede permitirse. Ratibor no esquiva: sencillamente no es su manera de pelear. Se queda donde se ha plantado y tiene que aguantar todo lo que le caiga mientras siga en pie; cada capa de hierro de más son unos cuantos golpes más que puede encajar sin moverse. Lo que paga por ello, Ratibor lo sabe bien: con equipo pesado no alcanzas a nadie ni escapas de nadie. No piensa hacer ni una cosa ni la otra.

La maza la aprecia por su honradez. Funciona bien en la apretura, permite golpear corto desde detrás del escudo y no necesita un vuelo amplio. Ratibor no la tiene por un arma noble, y precisamente por eso se fía de ella. La maza no promete nada más que un golpe pesado.

El martillo lo reserva para las ocasiones en que contener al enemigo ya no basta: cuando hay que partir un escudo, aplastar una armadura o detener a alguien a quien nada menor detendría. Lo maneja bien. No le gusta. Sin escudo, Ratibor se siente desprotegido no tanto en el cuerpo como en la cabeza: con maza y escudo, su tarea está clara, sostener y cubrir; con el martillo tiene que elegir él mismo el blanco, arriesgarse y golpear.

En más de veinte años de servicio, Ratibor ha sobrevivido a varios príncipes y a muchas expediciones menores de las que nadie compuso cantares. Los primeros años sirvió en la mesnada del príncipe a las órdenes de dos voivodas distintos, y solo después se unió a la compañía que había reunido Mstislav. Estuvo casado. Su mujer murió en un parto difícil, y la criatura tampoco sobrevivió. No volvió a casarse.

Apenas trata con su familia. Su padre murió hace mucho; un hermano lleva la fragua y el otro entró en un monasterio. Ratibor a veces envía dinero a la familia de su hermano, pero hace años que no los visita. Se lo explica a sí mismo por el servicio. En realidad, sencillamente no sabe cómo se vuelve a una vida de la que uno se marchó a los veinte.

Además de combatir, sabe juzgar el estado de un arma y de una armadura, arreglar lo sencillo, montar un campamento, repartir las guardias y sacar a la gente de debajo de un golpe sin que cunda el pánico. A los jóvenes les enseña bastante bien, aunque rara vez los alaba en voz alta.

Es parco en palabras, pero no huraño. Tiene un humor seco y bromea con la cara más seria del mundo. No le gustan las fanfarronadas y casi nunca menciona sus propias victorias.

En el campamento cuida de los demás de manera que no se note: revisa correas, manda a los jóvenes a secar la ropa, arregla el equipo ajeno, le guarda a alguien la mejor ración. Si se lo agradecen, responde que simplemente no quiere tener que cargar mañana a cuestas con uno que no se tenga en pie.

A las órdenes de Mstislav, que reunió esta mesnada, Ratibor sirvió más tiempo que ninguno de los que quedan en ella, y lo enterró con sus propias manos en primavera. El estandarte pasó al hijo, como es debido; pero la gente, como antes, sigue acudiendo a Ratibor con sus preguntas.

No hizo nada para que fuera así, y no hace nada para cambiarlo. No tiene con qué disputar el derecho de Liutobor: no lo respaldan ni linaje, ni tierras, ni siquiera una carta del príncipe; solo veintitantos años de servicio y un escudo pesado. Y tampoco quiere. Ratibor sabe demasiado bien una cosa de sí mismo: en combate decide deprisa, y fuera del combate no decide en absoluto.

Con quien más le cuesta es precisamente con Liutobor. Ratibor ha visto a decenas de muchachos así —capaces, ruidosos, convencidos de que se les infravalora— y ha enterrado a la mitad. Liutobor oye en cada observación suya lo que no hay en ella, y hace lo contrario por despecho. Ratibor sabe que debería hablarle de otra manera. No sabe. En la mesnada del príncipe le enseñaron a decir “quieto” y “aguanta”, no a explicarle a un joven que no tiene que demostrarle nada a nadie, y a él menos que a nadie.

Una vez sirvió junto a un hombre llamado Hlib, que había dejado la mesnada de un boyardo por una orden que él mismo había cumplido. Ratibor entonces no lo entendió y lo dijo en voz alta: la orden era legítima, la tropa había hecho su trabajo, y lo que salió de ello no le tocaba decidirlo a Hlib. Pasaron unos años antes de que Ratibor dejara de estar seguro de eso. Todavía no sabe si querría volver a encontrarse con aquel Hlib.

Su peor rasgo es la incapacidad de renunciar a la responsabilidad por los demás. Ratibor está convencido de que debe prever cada peligro y enmendar cada error ajeno. Si alguien muere a su lado, siempre encuentra de qué tiene la culpa él.

Y a la vez, en las grandes decisiones, busca una orden, una ley o un superior en quien apoyarse. En combate, Ratibor actúa deprisa. Fuera del combate le da miedo decidir por sí mismo qué es lo correcto, y a eso lo llama disciplina. La disciplina no tiene nada que ver. Sencillamente, en la mesnada del príncipe respondía del error quien lo había ordenado, y Ratibor fue durante veinte años el que cumple. Al superior en quien se apoyaba lo enterraron en primavera. Ahora las órdenes las da un muchacho de veintitrés años que se apoya en él.