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Radovan

Radovan

Tirador con armadura pesada, pilar de la formación

Edad
47 años
Origen
Moroviisk, a orillas del Desna, en el camino de Kiev a Chernihiv
Posición
Persona libre, hijo de un hacendado próspero

En breve

Tirador firme con armadura pesada, capaz de sostener mucho tiempo una posición bajo los disparos enemigos. El fustíbalo asesta golpes de aplastamiento que destrozan armaduras y escudos, pero su escasa reserva de aguante lo obliga a hacer pausas. De cerca toma espada y escudo medio, aunque el cuerpo a cuerpo no es lo suyo.

Historia

Radovan siempre sabe cuánta avena queda en el campamento.

No es una virtud, ni siquiera una costumbre de hacendado, aunque hacendado sí que fue. Es el mismo rasgo por el que cada noche, antes de dormir, mira dónde está la espada.

Se crio en una gran granja cerca de Moroviisk, junto a un camino por el que casi a diario pasaban mercaderes, viajeros y pequeñas partidas de soldados. Su padre tenía tierra, caballos y varios carros, y no vivía solo de la hacienda: daba a la gente sitio donde pasar la noche, cambiaba caballos, ayudaba a llevar la mercancía más al norte. Radovan era el hijo mayor y desde niño supo que la granja, con el tiempo, sería suya. Su padre le enseñó a contar sacos de grano, a revisar las ruedas antes de ponerse en camino y a no fiarse de nadie solo porque fuera bien vestido. No se esperaban de él hazañas, sino que supiera tener la granja en orden, y durante mucho tiempo aquello le pareció perfectamente bien.

Conoció las armas gracias al camino. A veces los convoyes se quedaban varios días en la granja, y con ellos paraban escoltas de distintas tierras. Radovan vio por primera vez un fustíbalo en manos de un viejo mercenario que acompañaba a unos mercaderes de poniente, y el arma le pareció absurda: larga, incómoda, necesitaba mucho más espacio que una honda corriente. Las primeras piedras que intentó lanzar fueron a parar a cualquier sitio menos al blanco.

Precisamente por eso siguió. A Radovan siempre le habían irritado las cosas cuyo funcionamiento no entendía.

El viejo escolta se quedó en su granja casi un mes por una pierna rota. En ese tiempo, Radovan aprendió a colocar bien la piedra, a sentir el instante de soltarla y a no intentar enmendar un mal volteo con la fuerza de los brazos. No se volvió certero de golpe, pero comprendió pronto la principal ventaja del fustíbalo: si se elige bien el sitio, se puede empezar el combate antes de que la mayoría de los adversarios sea capaz de responder. La idea le gustó.

Cuando Radovan tenía veintiséis años, su padre enfermó de gravedad. Los años siguientes apenas salió de la hacienda y poco a poco se hizo cargo de todos los asuntos de la familia, y a la muerte de su padre la granja pasó a sus manos. Fue entonces cuando ocurrió lo que Radovan llamaría después el mayor error de su vida.

Cerca de allí asaltaron varias veces a viajeros. La gente hablaba de salteadores que se juntaban en pequeñas bandas a lo largo del camino. Los vecinos propusieron montar una guardia común, pero Radovan se negó: le parecía que los atacantes buscaban presas más fáciles y no se meterían con una granja grande donde siempre había mucha gente.

Los salteadores llegaron de noche. No lograron tomar la hacienda deprisa, pero prendieron fuego a dos edificios e intentaron acorralar a la gente de la casa en el patio. Radovan tuvo tiempo de organizar la defensa: tiró con el fustíbalo desde detrás de la cerca mientras los enemigos se acercaban, y cuando llegaron a la puerta, tomó espada y escudo. Rechazaron el asalto. Uno de sus hermanos menores murió.

Después de aquello, Radovan nunca volvió a decir que un peligro difícilmente llegaría a darse.

Dejó la hacienda a otro hermano. La familia lo tomó al principio por una decisión pasajera, y el propio Radovan decía que solo se iría unos meses: encontraría la banda de salteadores que rondaba por la comarca, ayudaría a hacer más seguros los caminos y volvería. No volvió. Desde entonces han pasado muchos años: convoyes, puestos de portazgo, puertas de ciudades, puestos de guardia y expediciones cortas. Ha cambiado de compañía mucho menos de lo que de joven habría cambiado de trabajo: si ha encontrado gente de la que fiarse, o un mando que no hace tonterías sin necesidad, Radovan prefiere quedarse.

Donde más tiempo pasó fue a las órdenes de un mesnadero llamado Borivoi, que no empezaba una refriega sin necesidad y pensaba en la vía de retirada antes del combate. Radovan aún lo considera el mejor capitán a cuyas órdenes ha servido. Que alguien no se entendiera con un hombre así sigue siendo para él un misterio.

En sus años de servicio ha visto a bastantes guerreros jóvenes, más rápidos y fuertes que él, que manejaban la espada mucho mejor. Ha sobrevivido a muchos de ellos. Eso no lo ha hecho más valiente; más bien al contrario. Radovan cree cada vez menos en las situaciones de las que habrá que salir como se pueda, y valora cada vez más la ventaja sencilla: una buena posición, una armadura sólida, piedras de sobra y un compañero que de verdad esté donde prometió.

No empezó a llevar armadura pesada por amor al cuerpo a cuerpo. Al contrario: comprendió pronto que el fustíbalo lo convertía en un blanco llamativo. Los arqueros intentaban obligarlo a abandonar la posición, los honderos respondían con piedras, y quienes no podían alcanzarlo de lejos sencillamente avanzaban. Radovan no quería gastar fuerzas en retirarse sin cesar, y la armadura le permitía quedarse donde se dominaba bien el campo. Con la edad, esto se ha vuelto aún más importante: hace tiempo que no intenta ser el luchador más móvil de la compañía, sino decidir bien, una sola vez, dónde se va a plantar.

En combate casi siempre empieza por el blanco más lejano que de verdad puede responderle. El adversario más cercano le interesa poco si aún tardará un rato en ser un peligro; en cambio, Radovan busca arqueros, honderos, lanzadores y a la gente que hay detrás de la línea principal. No se tiene por mejor tirador que un buen arquero. Solo procura empezar a disparar antes.

El fustíbalo exige mucha fuerza, y Radovan no mantiene el mismo ritmo durante toda la batalla: tras un lanzamiento fuerte puede esperar, estudiar el campo y solo entonces preparar el siguiente. Los tiradores más jóvenes a veces toman esas pausas por lentitud. Radovan lo llama no querer quedarse sin resuello antes que el enemigo.

Si, pese a todo, un adversario llega hasta él, deja el fustíbalo, toma espada y escudo medio, y se queda donde está. Medio, precisamente. Uno pesado lo cubriría mejor, pero debilitaría aún más su respuesta con la espada: Radovan no solo necesita tiempo detrás del escudo, sino también poder responder con peligro suficiente para que el adversario no pueda retenerlo impunemente en el cuerpo a cuerpo. En cuanto vuelve a quedar espacio libre delante de él, regresa al fustíbalo. La espada no es para él una segunda especialidad: no le gustan los duelos y casi nunca busca por su cuenta el cuerpo a cuerpo. Su tarea es más sencilla: no dejar que el adversario pase de largo deprisa. La armadura recibe lo que no ha logrado esquivar, y el escudo le da tiempo. Incluso cuando le llegan varios enemigos, Radovan no abandona la posición de inmediato, pero entiende bien que, desde ese momento, el tiempo ya corre en su contra.

En el día a día se parece mucho más al amo de una granja que a un guerrero de oficio. Cuenta sin parar las provisiones, recuerda a quién se le dio qué y se irrita cuando las cosas buenas se estropean solo porque se guardaron mal. Si en el campamento se ha acabado algo, Radovan casi siempre lo sabe antes que nadie, y le irrita especialmente que los jóvenes lo llamen refunfuñar y a los dos días vengan a preguntar dónde encontrar una correa de repuesto. Por lo general, Radovan lo sabe. Con la gente es cauto: no se fía de la primera impresión, escucha más de lo que habla, se fija en las pequeñas contradicciones y no le gusta hacer una pregunta directa si puede esperar a que la respuesta se haga evidente sola.

Una vez sirvió varios años junto a Ratibor, y desde fuera parecían iguales: dos hombres maduros que revisan las correas ajenas y cuentan las provisiones ajenas. En realidad tienen poco en común. Ratibor lo hace porque se considera responsable de todos. Radovan, porque no se fía de que todo vaya a ir bien. Uno busca a quién proteger; el otro, qué va a salir mal. Se llevaban de maravilla, y cada uno tenía al otro por un poco raro.

Mucho peor fue con un joven martillero llamado Borimir, que anduvo medio año a sus órdenes. Borimir elegía un blanco una vez y no volvía a revisar la decisión, mientras que Radovan revisa cada una hasta el último momento. Los dos estaban seguros de que al otro eso le costaría la vida algún día. Los dos se equivocaron, al menos por ahora.

Siempre espera lo peor, y eso es lo más difícil de él. Siempre quiere tener comida de reserva, otra vía de retirada, un centinela de más y un plan por si el primero fracasa. En campaña, eso salva vidas a menudo. En la vida corriente lo convierte en un vecino difícil: a Radovan le cuesta creer que a veces alguien se retrasó de verdad por casualidad, que un error ajeno no fue descuido y que un ruido extraño de noche no era más que un ruido. Recuerda demasiado bien la noche en que estaba seguro de que los atacantes no vendrían.

Con los años, ese rasgo no se ha debilitado. Solo se ha vuelto menos visible: Radovan ha aprendido a no decir en voz alta cada peligro que ve. Eso no significa que haya dejado de verlo.

Por eso, antes de dormir, siempre mira dónde está la espada, si no se ha aflojado la correa del escudo y cuántos pasos hay desde su sitio hasta la salida. Hace mucho que sabe que la mayoría de las noches no pasará nada. Saberlo no le basta.