
Borimir
Golpeador pesado, el primero en el choque
- Edad
- 21 años
- Origen
- Baruch, asentamiento al norte de Pereiaslav
- Posición
- Persona libre, hijo de un jornalero
En breve
Luchador de choque sin armadura. Con el martillo asesta un golpe pesado a un solo blanco; con el hacha alcanza a varios enemigos contiguos. Rinde mejor tomando carrerilla, cuando elige él mismo el momento de acercarse, pero tras el golpe queda casi indefenso ante la respuesta.
Historia
El martillo le tocó a Borimir porque nadie más quiso quedárselo.
Ocurrió en el camino, cerca de Baruch, cuando tenía diecisiete años. En la escaramuza cayó un hombre de una tropa del príncipe que viajaba con los mercaderes. Tras el combate recogieron el equipo, pero todos esquivaban el pesado martillo: incómodo, lento, se come demasiadas fuerzas. Borimir se lo llevó.
Su familia no tenía oficio. El padre trabajaba a jornal: cavaba, acarreaba, levantaba cercas, iba con una cuadrilla a reparar portones ajenos y a rehacer techumbres ajenas después de un incendio, un asalto o una tormenta. En Baruch y sus alrededores no faltaban granjas así, y ninguna era suya. A Borimir lo llevaban consigo desde que pudo sostener un hacha, y le pagaban como a un hombre hecho antes de que lo fuera, porque trabajaba como tal.
Durante mucho tiempo aquello no le inquietó. Trabajaba bien la madera, sabía levantar una pared, ajustar una rueda, abrir una muesca y hacer en un día lo que a otros les llevaba dos. Le faltaba paciencia para ese trabajo: allí donde un maestro pasaba una hora ajustando una pieza, Borimir solía intentar resolver el asunto con un golpe más fuerte. A veces hasta funcionaba, y entonces encima lo elogiaban.
Los primeros meses manejó mal el martillo. Intentaba golpear tan a menudo como con el hacha, se agotaba enseguida y varias veces estuvo a punto de llevarse un golpe de vuelta cuando no alcanzaba a recobrar el arma después de descargarla.
Luego comprendió que el martillo no perdona la prisa. No hace falta golpear más a menudo. Hace falta estar una sola vez allí donde el golpe decida más.
Esa idea cambió algo más que su manera de empuñar el arma. Borimir empezó a mirar más el campo, a esperar a que el enemigo se volviera hacia otro, a buscar el momento de dar unos pasos rápidos y cargar todo el cuerpo en el golpe. No tiene los hombros más anchos de la mesnada. La fuerza de Borimir está en cómo toma impulso, no en cuánto puede levantar.
Tampoco abandonó el hacha. Con ella trabaja la madera desde niño, y en combate la empuña cuando tiene delante a varios enemigos apiñados. Con un barrido amplio intenta alcanzar a varios a la vez; el martillo lo reserva para aquel al que hay que derribar de un solo golpe. El consejo ajeno de cambiar de arma lo acepta con calma. El de renunciar a un blanco ya elegido, mucho peor.
Al principio no tenía armadura porque era pobre. Más tarde, cuando ya tuvo dinero, salió varias veces con un arnés prestado. De uno de aquellos combates no se le quedó grabado el golpe que aguantó la armadura, sino el enemigo hasta el que no llegó a tiempo mientras aún estaba al descubierto. Desde entonces Borimir prefiere arriesgarse a la respuesta antes que llegar tarde a su propio golpe.
No le gusta plantarse frente al enemigo e intercambiar golpes. Si el combate se ha convertido en ese intercambio, Borimir cree que ya ha hecho algo mal. Lo que mejor se le da es golpear a quien está ocupado con otro, a quien acaba de llegar a la línea o a quien aún no ha entendido que lo han elegido.
Aun así, no remata a los heridos solo porque sea fácil rematarlos. Al contrario: Borimir casi siempre busca al enemigo más peligroso al que todavía pueda detener de un solo golpe. Por eso sus actos parecen a veces insensatos: mientras los demás rematan a un hombre que apenas se tiene en pie, él pasa de largo hacia un luchador fresco con buena armadura. Lo explica con sencillez: al débil se le puede matar después, pero al fuerte no hay que dejarle hacer lo que se proponía.
En los últimos años ha servido en varias partidas pequeñas que guardaban caminos, escoltaban a viajeros o ayudaban a las autoridades del lugar a limpiar los caminos de salteadores. No se quedaba mucho tiempo en ningún sitio, y no por riñas ni por mala fama, sino porque al acabar un trabajo pasaba sin esfuerzo al siguiente. No creía que unos meses de marchas en común convirtieran por sí solos a la gente en familia.
Una vez aquello le costó un amigo.
En la partida con la que Borimir pasó algo más de un año había un antiguo mesnadero llamado Dobrin. Solían luchar codo con codo y se entendían sin palabras. Tras una escaramuza dura, Dobrin recibió una herida en la pierna y ya no pudo seguir la marcha con la partida. Quedarse suponía perder una buena soldada. Borimir se fue.
Le dejó a su compañero parte del dinero, acordó con una familia del lugar que lo cuidaran y estuvo seguro de haber obrado bien. Cuando volvió al cabo de unos meses, Dobrin ya no estaba: se había repuesto a duras penas y había seguido su camino. No volvieron a verse.
Más tarde Borimir oyó por casualidad que Dobrin se había asentado en Kiev, en el Podil. Decían también que, ya antes de la herida, había enseñado allí a una muchacha de la guardia de un convoy a empuñar una hoja corta. La pierna, según las habladurías, nunca llegó a enderezarse. Borimir no fue a comprobarlo. Todavía no sabe si fue pereza o algo distinto, y no le gusta que la conversación llegue a ese punto.
Durante mucho tiempo no entendió por qué le inquietaba aquella historia. Había dejado al herido con dinero y con un acuerdo, y en ese acuerdo todo había sido honrado por ambas partes. Solo con el tiempo empezó a sospechar que no todo entre las personas son acuerdos.
En el día a día Borimir es sencillo y poco exigente. Puede dormir en cualquier parte, come lo que haya, la ropa le es indiferente y casi nunca compra nada que no piense usar. En cambio, entiende de madera y de arreglos: en el campamento enseguida ve una rueda rajada, un puntal mal puesto, un mango flojo o una estaca clavada torcida, y suele repararlo él mismo y avisar al dueño después.
Con los superiores también le cuesta a veces. Una vez pasó medio año a las órdenes de un tirador llamado Radovan, que tenía un plan de repuesto para cada caso y, para cada plan de repuesto, otro más. A Borimir aquello lo sacaba de quicio. A Radovan lo sacaba de quicio que Borimir decidiera una vez y para siempre. Los dos sobrevivieron a aquella campaña y ninguno cambió de opinión.
Es sociable, pero no abierto: ríe con facilidad, sigue la conversación, está a gusto entre gente de toda condición y casi nunca habla de lo que de verdad le inquieta. Tiene la seguridad de quien descubrió muy pronto una cosa en la que es realmente bueno, y por eso a veces se comporta como si lo demás también lo tuviera ya entendido.
No le gustan quienes se preparan largo tiempo para una decisión que ya es evidente, y le irrita especialmente que alguien discuta solo porque teme cargar con la responsabilidad.
Junto a Oster, Borimir escogió a un lancero de la formación enemiga y fue a por él. Mientras avanzaba, dos hombres se volvieron hacia él; Borimir vio a los dos y no se detuvo. Alcanzó al lancero, pero a mitad de camino le abrieron el hombro de un tajo. Tras la batalla le preguntaron si había visto a aquellos dos. Borimir dijo que sí. No dijo nada más, y nadie entendió si aquello era una respuesta.
Fuera del combate, eso mismo le sale más caro. Una vez que decide, se marcha antes de lo que conviene, dice lo que ya no se puede retirar o renuncia a algo solo porque un día decidió que no lo necesitaba.
De Dobrin se marchó. A Kiev, después, tampoco fue.