
Adalid
Liutobor
Luchador de choque y heredero formal del capitán caído
- Edad
- 23 años
- Origen
- Casa solariega de un boyardo junto al Zdvizh, en la tierra de Kiev
- Posición
- Hijo de voivoda, vástago menor de un linaje influyente
En breve
Luchador de choque de primera línea que cambia de estilo según la situación. La lanza le permite alcanzar primero al enemigo y golpear a través de la formación; la espada y el escudo, seguir luchando cuerpo a cuerpo. En un turno hace más que los demás, pero su estilo agresivo y su protección media perdonan mal un intercambio de golpes prolongado.
Con los ojos del adalid
Liutobor quiere que en la frontera vuelvan a temer atacar las aldeas. Para eso no basta con vencer a los salteadores: la victoria tiene que saberse. Está dispuesto a dar su palabra, repartir el botín y ponerse al frente cuando la gente necesite a alguien a quien seguir. El estandarte de su padre ya está en sus manos. Ahora quiere que se recuerde también a quien lo lleva.
Historia
Liutobor todavía recuerda cómo le temblaban las manos después de su primera batalla, y todavía está convencido de que nadie lo vio.
Tenía dieciséis años. No huyó, no le falló a nadie e incluso, al parecer, hirió a alguien. Y luego se pasó media hora sentado detrás de un carro, esperando a que las manos dejaran de temblarle. Desde entonces Liutobor va el primero, no por valor, sino para que nadie tenga tiempo de notar que ha dudado.
Es el único hijo del boyardo y voivoda Mstislav, que sirvió muchos años al príncipe de Kiev. Su madre procedía de otro linaje acaudalado y murió cuando el muchacho tenía nueve años; desde entonces Liutobor creció sobre todo entre los mesnaderos de su padre. Aprendió a montar antes que a leer bien. Conocía las normas de la corte del príncipe y sabía comportarse entre boyardos, aunque el estudio lo irritaba casi siempre: solo asimilaba lo que podía probar enseguida con las manos.
Su padre lo preparaba para el servicio y no tenía prisa por darle verdaderas responsabilidades. Tenía al hijo por capaz, pero impetuoso y demasiado pendiente de la admiración ajena. De él Liutobor oyó sobre todo reproches y casi nunca aprobación. Todavía no está seguro de que su padre se equivocara, y precisamente por eso no puede dejar de pensar en ello.
Mstislav cayó en primavera, en la misma frontera hacia la que ahora marcha la mesnada. Cayó de la forma más corriente: persiguiendo a una de las pequeñas bandas de salteadores, por una flecha disparada por alguien cuyo nombre nadie llegó a saber. Esta mesnada era suya: él la reunió, le pagó y la condujo durante más tiempo del que Liutobor lleva en el mundo. Por costumbre, el estandarte pasa al hijo.
Liutobor tomó el estandarte. Nadie se opuso. No es lo mismo que estar de acuerdo.
No tomó la lanza porque cuadrara con su carácter. Al contrario. La lanza es un arma de formación; exige quedarse en el sitio y esperar a que el enemigo venga él solo a la punta, y esperar es algo que Liutobor no sabe hacer. Pero la lanza tiene una virtud por la que soportó todo lo demás: con ella se alcanza primero. Mientras el resto de la línea aún se acerca, él ya está trabajando.
De ahí nació toda su manera de luchar. Liutobor no sostiene la lanza como una empalizada. Empuja con ella hacia delante, golpea a través de la formación enemiga, dispersa a los que aún no han cerrado filas y obliga al contrario a ocuparse de él en lugar de mirar hacia dónde va la mesnada. Se nota. Casi siempre se nota. Y Liutobor nunca ha fingido que le dé igual.
La espada y el escudo los toma cuando la lanza ya no tiene dónde trabajar: cuando se ha llegado al cuerpo a cuerpo, cuando le han agarrado el asta o cuando hay que ponerse en línea y simplemente aguantar. Maneja la espada con soltura: los mesnaderos de su padre lo instruyeron desde los siete años, y la escuela, en sí, es buena.
Su armadura es media, y su escudo también, aunque en la casa de su padre, junto al Zdvizh, le habrían dado los que hubiera querido. Liutobor llevó un arnés pesado durante un verano y lo devolvió. No por el peso: con él llegaba al enemigo el segundo, y toda su forma de luchar se basa en llegar el primero y no dejar que el contrario cierre filas. Eligió el escudo medio por la misma razón: la protección solo le interesa mientras no le robe demasiado ritmo. Uno pesado aguantaría mejor, pero Liutobor fía demasiado al primer golpe y a la acción siguiente como para pagarlo cada vez. Cambia a sabiendas parte de su protección por estar donde todavía no lo esperan. Y comprende perfectamente cómo lo pagará si, aun así, allí lo esperan.
Lo malo es que el combate con espada y escudo es un combate de paciencia. No lo gana un golpe, sino quien pierde la cabeza en segundo lugar. Liutobor pasa a la espada antes de lo debido, porque quedarse tras la lanza esperando le parece no hacer nada, y no hacer nada no lo soporta ni un minuto. Un contrario experimentado lo ve y espera precisamente eso.
Es abierto, bullicioso y traba amistad con facilidad. Recuerda los nombres de los soldados rasos, come con ellos, no le hace ascos al trabajo sucio. Generoso, sobre todo cuando hay ocasión de serlo a la vista de todos. Le gustan los desafíos, las canciones y las disputas a voz en grito. Canta mal, pero con aplomo. No sabe enfadarse mucho tiempo por pequeñeces y suele ser el primero en hacer las paces.
Ratibor sirvió al padre más tiempo que nadie y no ha dicho ni una palabra contra que mande el hijo. Simplemente hace lo que ha hecho siempre: revisa las correas, reparte las guardias, decide dónde se formará la línea. Y la gente, como antes, acude a él con sus preguntas. Nadie socava a nadie. Solo que uno da las órdenes y es al otro a quien se escucha, y los dos lo saben.
Por eso Liutobor encaja las observaciones de Ratibor peor que las de cualquier otro. Ratibor le habla con ecuanimidad, en pocas palabras y al grano —igual que le hablaría a cualquiera—, y eso es precisamente lo insoportable. Un elogio significaría que el viejo le reconoce el derecho. Una riña significaría que el derecho existe y se lo niegan. La ecuanimidad no significa nada, salvo que Ratibor aún no ha decidido.
Un verano anduvo en la misma partida que un martillero llamado Borimir, igual de joven y el doble de callado. Borimir hacía lo mismo que Liutobor: entraba el primero, golpeaba al más peligroso, arriesgaba más que los demás. La diferencia era que a él le daba completamente igual que alguien lo viera. Liutobor se pasó tres meses intentando averiguar si Borimir fingía. Nunca lo averiguó. Todavía es el recuerdo más desagradable de aquella campaña.
Otra persona le estropeó el humor durante más tiempo. Escoltando un convoy, pasó varias semanas junto a una guerrera llamada Zoriana, que luchaba unas veces con espada y otras con honda —según lo que le resultara más cómodo en ese momento— y no veía en ello nada digno de discusión. Liutobor intentó explicarle que un buen luchador ha de tener su propia manera. Zoriana le contestó que la manera propia es justo lo que te vuelve más fácil de prever. Él sigue creyendo que se equivoca. Y aún hoy, cuando entra en combate por tercera vez seguida por el mismo lado, se acuerda de aquella conversación.
Cuando su padre le confió por primera vez una pequeña avanzadilla, durante unas semanas actuó a su lado otra partida. A Melania, que venía en ella, Liutobor no la recuerda. Ella a él, sí.
Tiene dos medio hermanas del segundo matrimonio de su padre. Con la menor es cariñoso; con la mayor riñe sin cesar. La segunda esposa de su padre nunca fue una madre para él, pero es precisamente ella quien defiende su derecho a la herencia, y no por afecto. La casa, las tierras y el sitio del linaje junto al príncipe se los disputan los hermanos de su padre: el linaje es grande, Liutobor es el más joven de todos, y un heredero de veintitrés años que para colmo se ha ido de expedición le conviene a todo el mundo menos a él mismo. La madrastra está de su lado porque, junto con el derecho de él, perdería también el suyo.
Todo lo bueno que hace, lo hace donde se ve. Reparte el botín delante de todos. Cede su caballo a un herido en voz alta. Se pone al frente justo cuando todos miran al de delante. Cada una de estas cosas es buena en sí misma, y ninguna sabe hacerla Liutobor sin ruido. Hace mucho que dejó de intentar distinguir en sí mismo la generosidad del deseo de que se la noten.
No es cruel ni ansía el poder por el poder. Simplemente está seguro de ser capaz de más y teme a muerte pasar la vida a la sombra de su padre. Por eso cualquier ocasión de demostrar lo que vale se convierte al instante en algo personal. Su padre, por cierto, pensaba lo mismo y también iba al frente. Precisamente allí lo mataron. Esa coincidencia Liutobor no la advierte.