
Velemir
Lanzador con armamento pesado, combatiente de apoyo
- Edad
- 29 años
- Origen
- Voin, a orillas del Sula, fortaleza fronteriza más allá de Pereiaslav
- Posición
- Persona libre, hijo de labrador
En breve
Lanzador potente con jabalina, pensado para lanzamientos fuertes y certeros. Su gran reserva de aguante le permite mantener el ritmo mucho tiempo, y la armadura pesada, no abandonar la posición por un impacto fortuito. Sus pocos puntos de vida hacen peligroso un intercambio prolongado; el hacha, solo como último recurso.
Historia
Una vez a Velemir le ordenaron retirarse, y se retiró. La orden era acertada. Todavía lo cree así.
Ahí está toda la dificultad de su historia: no hay a quién culpar.
La familia, en las afueras de Voin, era numerosa y tenía la tierra justa para no pasar hambre en un año de mala cosecha: unos pocos caballos, una hacienda modesta y ni una boca de sobra. Velemir era el mayor de tres hijos y desde niño se acostumbró a que nadie haría por él el trabajo pesado.
Su padre no era guerrero, pero, como la mayoría de los hombres de la frontera, tenía lanza, hacha y escudo. Cuando llegaba aviso de un ataque o de peligro en el camino, los hombres de los poblados de alrededor se juntaban, ponían guardia y escoltaban los carros hasta lugares más seguros. Velemir salió por primera vez con una partida así a los dieciséis años.
Aquella vez no hubo ningún combate de verdad. Pasaron tres días helándose en una atalaya sobre el Sula, vieron dos veces jinetes extraños a lo lejos y volvieron a casa. Aun así, aquella vida le resultó comprensible: esperar, observar, no gastar fuerzas sin necesidad y estar listo para actuar cuando de verdad hiciera falta.
Poco a poco empezó a salir con la guardia más a menudo: escoltaba a mercaderes, custodiaba el ganado cuando lo trasladaban y varias veces tomó parte en la persecución de pequeñas bandas. Fue entonces cuando empezó a llevar jabalina. Para un hombre que no tenía un arco caro ni tiempo para ejercitarse sin descanso en el tiro, era un arma sencilla y fácil de entender. Velemir no intentaba lanzar lo más lejos posible: esperaba a que el enemigo se acercara lo bastante y hacía un lanzamiento fuerte y certero antes de que se llegara a las manos.
Muy pronto quedó claro que aquella arma estaba hecha para él. Los años de trabajo en la hacienda le habían dado a Velemir hombros fuertes y aguante. Podía volcarse en el lanzamiento una y otra vez sin perder las fuerzas tan deprisa como la mayoría. Con el tiempo aprendió no solo a lanzar con fuerza, sino a hacerlo con la misma seguridad incluso después de un combate largo.
A los veintitrés años Velemir se casó y durante unos cuantos años casi dejó de ir a expediciones lejanas. Trabajaba con su padre, levantaba su propia granja y poco a poco fue dejando el servicio de guardia en manos de sus hermanos menores. Le parecía que en su vida ya había habido bastantes asuntos de guerra.
Luego llegó el ataque de invierno. La guardia vio a los atacantes demasiado tarde. Parte de los vecinos alcanzó a refugiarse tras las fortificaciones, pero varias granjas quedaron fuera. Velemir estaba entre aquellos a quienes se ordenó replegarse hasta las puertas y no intentar defender casas sueltas.
Cumplió la orden. Cuando rechazaron a los atacantes, su granja había ardido y su mujer estaba muerta.
Tampoco él salió entero de aquella noche, solo que la herida le llegó ya después del combate. Velemir se lanzó a desescombrar lo que quedaba de la granja con demasiada prisa y varias horas demasiado tarde; una viga chamuscada se desprendió de la pared y le golpeó de través en el pecho. Las costillas soldaron torcidas y todavía se resienten con los cambios de tiempo. Los hombros y los brazos siguieron siendo los de antes: el lanzamiento no perdió por ello ni un dedo. En cambio, un golpe fuerte en el cuerpo Velemir lo aguanta peor de lo que debería aguantarlo un hombre de su complexión, y lo sabe mejor que nadie.
Velemir nunca ha culpado a quienes ordenaron la retirada. Entiende que la decisión fue acertada y que intentar sostener unas pocas granjas podía haber costado muchas más vidas. Pero desde entonces le cuesta mucho abandonar una posición que todavía se puede sostener.
Los años siguientes los pasó de nuevo en partidas de guardia y compañías a sueldo, y empezó a llevar un equipo más pesado que la mayoría de quienes combaten con armas arrojadizas. Al principio no era más que una consecuencia de aquellas costillas y de no querer fiarse por segunda vez de que el enemigo fallara. Más tarde se convirtió en parte de su manera de combatir.
Velemir no le ve gran valor a retroceder una y otra vez en busca de una posición nueva. Si el sitio es bueno, hay que sostenerlo; si el enemigo quiere echarte de ahí, que gaste en ello sus propias fuerzas. La armadura pesada le permite encajar una flecha perdida, una piedra o un mal golpe sin que por eso se venga abajo todo el plan.
Pero conoce bien los límites de esa protección. No es un combatiente de primera línea ni un hombre capaz de cruzar golpes mucho rato. La armadura le sirve para no abandonar una buena posición al primer impacto, no para buscar el cuerpo a cuerpo. El hacha la lleva por los mismos motivos que la mayoría de la gente de la frontera: es herramienta de trabajo, arma y algo que siempre puede hacer falta en el camino. Velemir no se tiene por buen combatiente con el hacha. Si el enemigo ha llegado hasta él, es que algo ya ha salido mal.
En combate casi nunca se apresura con el primer lanzamiento. Puede esperar mucho rato a que el enemigo salga de detrás del parapeto, se ponga de costado o se acerque tanto que fallar resulte improbable. Por eso a veces lo tienen por lento. El propio Velemir piensa que fallar por las prisas es, sin más, tirar un arma. En cambio, cuando el combate ha empezado y los blancos van saliendo uno tras otro a buena distancia, mantiene el ritmo mucho más de lo que parece. Donde otro lanzador empieza a guardar fuerzas, Velemir sigue trabajando. Justo ahí ve su ventaja: no en hacer un lanzamiento imposible, sino en hacer muchos fuertes y no dejar que la calidad caiga junto con el cansancio.
De Melania sabe más que ella de él. Se cruzaron dos veces, y la segunda alguien junto al fuego contó la historia del vado: cómo ella se negó a replegarse y contuvo a los atacantes mientras la gente huía del poblado. Velemir escuchó en silencio. Luego se levantó y fue a revisar los caballos. No cree que ella obrara bien. Tampoco tiene derecho alguno a creerlo, y lo entiende perfectamente. Desde aquella noche no le ha dirigido la palabra ni una sola vez.
Con Hlib, Velemir sirvió un verano entero. De lo que le había pasado a cada uno no habló ni el uno ni el otro, aunque ambos lo comprendieron bastante pronto. Solo que aquel silencio era distinto. Junto a un hombre que también cumplió una orden y tampoco puede llamarla equivocada, a Velemir le resulta fácil callar; justo por eso no había nada de que hablar.
Con Predslava es más sencillo, porque ahí la discusión atañe solo al hierro. Los dos sostienen la posición hasta el final; la diferencia es que Velemir carga con la armadura y Predslava, por principio, no, y cada uno tiene al otro por imprudente. Una vez él le preguntó sin rodeos qué haría cuando el escudo no llegara a tiempo. Predslava respondió que, en ese caso, es que el escudo no estaba donde tenía que estar. A Velemir aquella respuesta no lo tranquilizó.
En el campamento casi siempre se busca algo que hacer. Entiende bien de caballos, sabe remendar unos arreos sencillos, encajar una rueda en su eje, afilar un hacha o ayudar a fortificar el campamento. No le gusta estar mano sobre mano y entiende mal a la gente que se queja de cansancio antes de terminar el trabajo. Habla poco y, por lo general, solo cuando tiene algo que decir. Se toma las riñas con calma, pero, una vez que ha tomado posición, cuesta mucho convencerlo.
No le gustan los planes complicados con muchas condiciones, y desconfía sobre todo de aquellos en los que alguien tiene que llegar a tiempo, tiene que no darse cuenta o seguro que se retirará. Velemir siempre pregunta qué hacer si eso no ocurre.
El otoño pasado la partida se retiraba de una colina desde la que el camino quedaba bien a tiro. Velemir fue el último en recoger, y sin prisa: juntó las jabalinas que quedaban, se ajustó una correa, miró una vez más hacia abajo. Nadie le dijo nada. Veía la posición mejor que nadie, y justo por eso no consideraba el peligro motivo suficiente para abandonarla. Para él, el motivo suficiente es una orden; y una orden ya la cumplió una vez a tiempo y como debía, y aquello no salvó nada.
Si le ordenan retirarse demasiado pronto, cumple la orden. Pero casi siempre mira por encima del hombro. A veces, dos veces.