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Dzvenislava

Adalid

Dzvenislava

Arquera, exploradora y guía

Edad
28 años
Origen
Tumashch, asentamiento fronterizo a orillas del Stuhna
Posición
Persona libre, sin linaje boyardo

En breve

Arquera certera que domina el combate a distancia. Rinde mejor cuando puede elegir posición y disparar sin presión. Si el enemigo se le echa encima, queda muy por debajo de los especialistas en cuerpo a cuerpo.

Con los ojos del adalid

Dzvenislava quiere entender adónde llevan las huellas de los atacantes y de quién dependen. Los caminos, los lugares de acampada y las noticias dan ventaja a quien más sabe de ellos. Se fía menos de las promesas ajenas de seguridad que de la posibilidad de elegir otro camino. En la mesnada hay personas por las que se queda. Alguien eligió este camino para huir. Le intriga por qué precisamente este.

Historia

Dzvenislava es la primera en ver lo más peligroso del camino. No es un don, sino veinte años de costumbre: es la única de la mesnada que se da cuenta de cuándo la hierba de la cuneta está aplastada hacia el lado equivocado. Lo segundo más peligroso de ese mismo camino es que Dzvenislava no siempre avisa de lo primero. Eso ella no lo tiene por peligro.

Todo empezó con las trampas de su padre. Él cazaba, guiaba a mercaderes y conocía los caminos entre Kiev y la frontera de la estepa mejor que quienes cobraban peaje en ellos. La madre curaba heridas sencillas y sacaba adelante la casa mientras el marido pasaba meses fuera. Dzvenislava acompañaba a su padre desde pequeña: cuidaba los caballos, ponía trampas, aprendía a encontrar el camino donde no lo hay. En aquella vida el arco no era un arma, sino una herramienta. Aprendió a disparar mucho antes de ver por primera vez para qué se dispara a las personas.

Quemaron Tumashch cuando ella tenía diecisiete años. Su padre y su hermano mayor murieron aquella noche. Dzvenislava llevó a su madre y a los pequeños hasta la ciudad; la madre murió de una enfermedad el invierno siguiente. A la hermana la acogió la familia de un artesano. El hermano menor desapareció un año después en el asalto a un convoy, y ella aún no sabe si lo mataron o lo vendieron más al sur.

Nada de esto lo cuenta. A una pregunta directa responde con brevedad o desvía la conversación hacia quien pregunta. Dzvenislava puede caminar medio día junto a alguien, enterarse de todo sobre su familia y no decir de sí misma ni una palabra que luego no pudiera olvidarse.

Después de la ciudad, durante años, se ganó la vida escoltando convoyes. No le pagaban por sus disparos. Había quien disparaba mejor que ella, y era la primera en decirlo. Le pagaban porque, yendo ella, era más raro que el convoy llegara siquiera a combatir. Sabía dónde no convenía acampar. Veía huellas de jinetes en la tierra dura. Sabía hablar con la gente de las aldeas fronterizas de modo que dijeran más de lo que pensaban decir.

Llegó a la mesnada como guía a sueldo. En una de las marchas, la tropa perdió a sus dos exploradores, y Dzvenislava se adelantó sola sin pedir permiso. Vio la emboscada a tiempo. Después de aquello le propusieron quedarse.

En combate no intercambia disparos desde el primer sitio cómodo. Primero busca la dirección desde la que se ve mejor el campo y a ella peor, y al enemigo protegido lo rodea por el flanco en vez de gastar flechas en su escudo.

El scramasax siempre fue una herramienta de trabajo: para desollar una pieza, cortar una cuerda, desbastar una estaca. A luchar con él aprendió más tarde, y todavía no cree que sepa. El scramasax y el escudo ligero los saca juntos, y solo cuando ya es tarde para disparar. El escudo no está para ganar el lance: le da justo el tiempo necesario para herir, ganarse un paso y volver a poner distancia. Dzvenislava no pretende vencer cuerpo a cuerpo; pretende irse.

Lleva armadura ligera por la misma razón. Una exploradora va a pie, se mete donde no pasa un caballo y en un día cubre más terreno que la mesnada en dos. Una armadura pesada le daría a Dzvenislava protección justo en los lances en los que de todos modos no piensa entrar, y le quitaría aquello de lo que vive: la capacidad de adelantarse y volver el mismo día.

En el día a día es pulcra, pero no hogareña. No acumula cosas, tiene el sueño ligero y guarda su equipo de modo que pueda partir en media hora. Antes de salir revisa la cuerda del arco, las flechas, el cuchillo y las correas de la silla; cada vez, aunque las haya revisado hace una hora.

Es lista, atenta y no siempre agradable. Mordaz. Demasiado directa. Impaciente con quienes dudan mucho. Lleva mal los discursos solemnes, las ceremonias del príncipe y las órdenes cuyo sentido nadie le ha explicado.

Con Ratibor se siente extrañamente a gusto, y eso la irrita a ella misma. Él es mayor, ha servido veinte años a estandartes a los que ella no serviría, y todavía busca a alguien en cuyas órdenes apoyarse. Dzvenislava no busca a nadie. Pero cuando vuelve de explorar, es a él a quien da parte, y no a quien lleva el estandarte, y nunca ha sabido explicar por qué, ni a Liutobor ni a sí misma.

Hace unos años guio un convoy con una joven guerrera llamada Yanka. Se separaron de mala manera. Dzvenislava se calló el aviso de que el camino de delante estaba vigilado: decidió que el convoy iría por esa misma ruta de todos modos y que un miedo de más no ayudaría a nadie. Yanka se enteró en mitad del combate. Desde entonces Dzvenislava conoce al menos a una persona que no perdona algo así, y eso no ha cambiado nada en su manera de tomar decisiones.

Porque tiene el silencio por una forma de protección, y ahí es precisamente donde se quiebra. Cree sinceramente que asume ella el riesgo. En realidad, lo que asume es el derecho a decidir de quién es ese riesgo.

Dzvenislava no aspira a mandar y cumple mal las órdenes que le parecen absurdas. Su lealtad pertenece a las personas, no a un cargo, a un linaje ni a un estandarte. Las personas a las que es leal suelen ser las últimas en saberlo.